Llega mayo y no sólo
pensamos en los exámenes que están por llegar, primero viene lo que viene, la
fiesta a la que denominamos como nuestro Santo Patrón: “San Isidro”. El día es
el 15 de mayo, pero como no pega hacer una fiesta a mediados de semana y volver
al día siguiente a clase, mejor lo celebramos el viernes de esa misma semana.
Son muchos los grupos que
acumulan vivencias en este día, muchas las historias que se forman y pocos los
años que parece haber asistido uno, porque siempre se quiere
repetir, siempre queremos volver a disfrutar de un día tan nuestro.
El día comienza con un
partidito de fútbol, que suele ser el único momento en que veamos a nuestros
profesores correr, aunque sea detrás de una pelota. Pero, aunque a la fiesta
acaba asistiendo media escuela, no es mucho el público que se acumula para ver
este acto deportivo. No se sabe la razón, quizás sea por la hora en que se
juega (un día en que se sabe que se va a llegar tarde a casa, no se levanta uno
temprano) o por miedo (muchos quieren ver derrotados a los profesores, pero no
hay tanta gente que se atreva a animar a los alumnos en su contra o desanimar a
los profesores en público, pudiendo ser visto, ¿verdad? ¡Cobardes!).
Tras el partido, van
llegando algunos a nuestro aparcamiento de atrás. Unos para reservar el sitio
(ya vamos en plan romería por el mundo), otros para empezar a encender
“motores”, algunos aún no saben de qué va la cosa y se han presentado demasiado
pronto, otros empezaron la fiesta el día anterior y ese día es la continuación
previa al fin de semana. Va llegando la hora central del día y la gente empieza
a aparecer de repente, unos recién levantados, otros con el mundo recorrido
desde hace horas buscando las provisiones para el resto y los demás, se
levantaron a una hora moderada pensando que se tenían que preparar para la
ocasión, que no querían llegar tarde pero tampoco demasiado temprano, que aún
no sabe nada de nadie y no tiene ni idea de dónde quedó con el resto del grupo.
Saludos y más saludos,
aunque nos hayamos visto el día anterior, siempre se escucha en el ambiente un
“¡Hombree!”, y un ya conocido “¿pero no decías que no venías?”, porque al final
se acaba animando la gente, una canción sustituyendo a un “¡Hola!”, o un
levantamiento de cabeza tan nuestro si no nos queremos parar mucho con el
compañero que vemos a lo lejos. Tras los saludos iniciales, una copita y a
empezar con la barbacoa, la paellera o el tambor de la lavadora, a preparar una
mesa portátil desplegable, una transportable por carretera a la antigua usanza
o una composición de separadores viales (aunque luego traten de quitárnoslos),
un intento de toldo protector con evacuación de agua condicionada (según quién
se acuerde de vaciarlo antes de que se hunda y nos moje a todos) o una barrera
frente al viento formada de vehículos (tan agrícola, tan agrícola y no
disponemos de setos cortavientos).
Sacad el pan y la carne, el
arroz y el sofrito, las patatas fritas que no falten, un pan preñaito, el vino, la cerveza, la
manzanilla, el tinto, el rebujito y los refresquitos para los débiles o los que
deben volver a casa. Intentad no olvidar el hielo, que no suele hacer frío
(aunque algún año se cebe el viento, la lluvia y la baja temperatura con
nosotros) y la cerveza caliente, aunque los extranjeros se empeñen, no debe ser
el mayor placer de la vida.
Después, sólo los que conocen
únicamente a su grupo son los que se mantienen en el sitio todo el día, el
resto, por el contrario, vamos visitando a las diferentes “casas”. Los que
conocemos a alguien de “otra morera”, vamos de visita improvisada y acabamos
conociendo a gente nueva para disfrutar con ellos el resto del año. Un “¡te
invito a una cerveza!” y un “sí, pero ahora te vienes a mi grupo y te invito
yo”, un “¿qué profesores han venido?” y un “vamos a invitar al profesor X a
algo (a ver si hoy nos lo ganamos)”, una sevillanita, una canción de reggaetón,
una marcha discotequera y algún que otro valiente se echa a bailar donde no lo
vea mucha gente, que todavía el alcohol en sangre no ha hecho su efecto.
De visita en visita y
permaneciendo quietos sólo a la hora de almorzar, vamos pasando el día, entre
risas y cantes, entre breves discusiones sobre ciertas asignaturas pendientes, una charla con los profesores que se atreven a entablarla y algunas
bromitas con agua si el calor se cierne sobre nuestras cabezas. Y, hablando de
cabezas, el tan esperado momento que hace que al final del día, cualquier
sevillano que nos vea en el autobús, en el metro o en la ciudad siguiendo la
celebración, pueda distinguirnos fácilmente entre la multitud. La hora del
reparto de sombreros, seña de identidad allá donde vamos. ¿Qué futuro nos
espera si no hemos recibido nunca ninguno de estos sombreros? Uno muy caluroso ¿O qué es de nosotros
ese día si no nos cubrimos la cabeza con uno de ellos? Seremos los locos y los que puedan pillar una insolación ¿Quién se atreve a ir a la escuela en coche sin llevar uno de estos en la bandeja del maletero? Los que no asistieron nunca
Con nuestros sombreros en
mano y el suficiente alcohol en sangre, algunos se buscan un bonito y cómodo
sofá improvisado (los separadores viales tienen muchas utilidades) en medio del
salón de tierra, una trae una bonita manta en su coche que nos viene de perlas
a todos, otro trata de tirar el sofá y a sus ocupantes creyendo tener una
fuerza superior por la confianza ciega que nos ofrece el tinto, a una se le
rompen las gafas y otra se fotografía con ellas, uno aún posee globos de agua
o, en su defecto, botellas fresquitas que derramar sobre el resto, alguien
improvisa una pistola de agua (lo de ingenieros lo llevamos en la sangre y sólo
necesitamos recipiente y presión), alguno se arranca con el cante (si no lo
hizo ya antes) y otro trata de arrancarse con el baile, alguien se despide y es
el momento en que debería de escucharse “algo se muere en el alma cuando un
amigo se va”.
Así continúa nuestro día
hasta que el sol decide que se acabó la luz natural, entonces viene la luna
(más juerguista ella) y trata de salvar nuestra fiesta, pero los aliados del sol, los
vigilantes de la UPO vienen a echar una mano e indicarnos que debemos
abandonar. La mayoría se cansó hace rato, los que no quieren que el día acabe
se mantienen en sus puestos hasta que se hace imposible el mantenerlo y los más
fiesteros, deciden continuar aunque sea en otro lugar.
Y así, disfrutando de un día
más de nuestras vidas, imposible de olvidar para algunos y difícil de recordar
para otros, acabamos la celebración un año más, esperando que el año siguiente
haya más y mejor.
Esperemos que el año que
viene sea memorable, asistan los que nunca lo han hecho (sí, existen esas
personas), vuelvan los que asistieron sólo hace años, vengan los que se lo
perdieron el último por estar fuera, repitan los del año anterior y comiencen
la tradición los que acaban de entrar. Confiemos en que nos veremos el año que
viene (tanto alumnos como profesores, que aunque no nos llevemos bien con
todos, alguno ya se ha ofrecido a acompañarnos en la borrachera y otros son
bienvenidos cuando nos dirigen la palabra) en SAN ISIDRO. Disfrutad, que mientras contaremos los días que quedan hasta entonces, que hoy son 353.