No sabemos ni cómo ni por qué, una excursión (perdón, una salida técnica a campo) al mismo sitio realizada y explicada por distintos profesores puede ser tan… idéntica. Lo único que variaba eran los invitados y las condiciones meteorológicas, porque por lo demás, los mismos comentarios, las mismas explicaciones e incluso me atrevería a afirmar que los mismos chistes. Sí, hablo de la excursión (a la porra visita técnica, que de toda la vida, cuando hemos salido en autobús hemos cantado eso de: nos vamos de excursión, con la tortilla y el jamón!, aunque ahora eso sólo lo dejemos para la tupperwada) de Ecología. Como las únicas variantes son las experiencias de cada uno, invito ahora, que cada uno cuente la suya.
Un microbús, tres personas a las que conocía, otras tres a las que ni hablaba y una persona a la que no quería escuchar. Empezamos por San Juan de Aznalfarache, donde nuestros dedos pasaron a ser cubitos de hielo, comenzamos a ver la afición de Jesús por las piedras del camino y algunos nos entretuvimos en ver las aves en ver del PAISAJE. Allí, al pie de un barranco, por si las explicaciones eran muy pesadas, que lo tuviésemos a mano, escuchamos la diferencia entre el valle del Guadalquivir y el Aljarafe: la diferencia de temperatura, de usos del suelo y, cómo cambiaba y cambió el paisaje de la mano del hombre. Escuchamos explicaciones y ruego de preguntas, aunque sólo el más avanzado se atrevía a hacerlo, los demás nos entreteníamos en ver un pájaro y echar fotitos al horizonte, que era más ameno.
Después seguimos con Coria y el estuario del Guadalquivir: obligados a ver el barro que había al otro lado de la orilla, si no fuera por el color del agua, daban ganas de darse un bañito, con el frío y todo, ¿qué más da un poquito de frío si puede hacer uno unas buenas brazadas? Allí ahondamos en la eutrofización (que tanto hemos oído en las clases teóricas para que luego no caiga en el examen como tema de desarrollo), bajo la atenta mirada de viandantes que sólo veía a un pequeño grupo de colgados que un día de aire frío se les había ocurrido tomar apuntes, en el paseo frente a una gasolinera.
Se hizo después un alto en el camino para retomar fuerzas (y algo calentito) en una venta de signos taurinos y gran variedad de alimentos untables, que daban ganas de hacer parcelas en tu tostada para probarlos todos. Entonces vino la siguiente parada, donde más disfruté yo y alguno de mis compañeros: con los comentarios te sientes cercano a ese felino tan especial de nuestras tierras, con las simples miradas a los árboles rememoras la infancia por cómo llegaba Dumbo (y todos los bebés) a conocer a su mamá, con un simple paseo deseas volver cargado de amigos y unos bocadillos para pasar el día y con la mejor frase del día, sueñas con una bonita matrícula de honor en la asignatura: “A quien vea un lince, le pongo un 10”. La Dehesa de Abajo, un lugar vecino de las marismas arroceras, tras la linde de Doñana y cargado de… energía. ¿Es que no apreciabais el flujo de energía? Fue esa la mejor pregunta del día, a lo que dos respondimos con una risa histérica de “qué leches está diciendo Jesús” y el resto hacían oídos sordos. Yo busqué el flujo del arroyo que pasaba bajo el puente, busqué el movimiento del aire, pero nunca hubiese pensado que se refería a cómo se iba cambiando el terreno a lo largo del tiempo y el espacio. Al final, creo que intuimos algo de ese flujo, pero no sé decir muy bien cómo.
Dejando atrás la dehesa, con sus vacas y fochas, sus cigüeñas y garzas, nos dirigimos a Guillena a almorzar, cruzando antes por el Aljarafe (donde sufrí un terrible dolor de ojos al ver una limusina Hammer rosa) y haciendo parada en la Torre de San Antonio (en Olivares), para seguir recogiendo piedras (cosa que también hicimos en el resto de paradas) y ver que aves como el cernícalo hacen uso de dicha torre.
Tras un almuerzo, en mi caso, en un banco de Guillena, con dos Rocíos y espectadores propios de la zona, que demostraban su extrañeza al vernos sentadas en medio de la calle con un bocadillo, hicimos la última parada, en el embalse del Gergal. Allí disfrutamos de la compañía de cabras, señoras bajando el almuerzo en un rápido paseo y algún joven que otro, acudiendo a lo que cierta persona denominó “picadero” y algo más. Pudimos observar todo el recorrido del día, materiales dispersos a nuestros pies que todo el que haya hecho la excursión sabrá a qué me refiero y todo tipo de plantas propias de la zona de sierra, pudimos hacer una imitación casi perfecta de cabras y cabritos y recoger los últimos datos del día para la posterior evaluación.
Olvidaba comentar esa extraña especie que nos acompañó todo el camino, una especie con la que no toparás hasta que salgas a hacer una visita y que se toman su trabajo como un continuo aprendizaje sin tener que pagar cuantiosas matrículas. Me refiero al conductor del autobús, que aprovechaba la mínima oportunidad para atender a las explicaciones y comentarios y seguir su aprendizaje. Incluso pienso a veces, que deberían estar obligados a seguirnos en cada parada, porque seguro que a ellos se les ocurrirían preguntas más creativas que hacer que a nosotros.
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