28 de mayo de 2013

NUESTRO GRAN DÍA ANUAL

Llega mayo y no sólo pensamos en los exámenes que están por llegar, primero viene lo que viene, la fiesta a la que denominamos como nuestro Santo Patrón: “San Isidro”. El día es el 15 de mayo, pero como no pega hacer una fiesta a mediados de semana y volver al día siguiente a clase, mejor lo celebramos el viernes de esa misma semana.

Son muchos los grupos que acumulan vivencias en este día, muchas las historias que se forman y pocos los años que parece haber asistido uno, porque siempre se quiere repetir, siempre queremos volver a disfrutar de un día tan nuestro.

El día comienza con un partidito de fútbol, que suele ser el único momento en que veamos a nuestros profesores correr, aunque sea detrás de una pelota. Pero, aunque a la fiesta acaba asistiendo media escuela, no es mucho el público que se acumula para ver este acto deportivo. No se sabe la razón, quizás sea por la hora en que se juega (un día en que se sabe que se va a llegar tarde a casa, no se levanta uno temprano) o por miedo (muchos quieren ver derrotados a los profesores, pero no hay tanta gente que se atreva a animar a los alumnos en su contra o desanimar a los profesores en público, pudiendo ser visto, ¿verdad? ¡Cobardes!).

Tras el partido, van llegando algunos a nuestro aparcamiento de atrás. Unos para reservar el sitio (ya vamos en plan romería por el mundo), otros para empezar a encender “motores”, algunos aún no saben de qué va la cosa y se han presentado demasiado pronto, otros empezaron la fiesta el día anterior y ese día es la continuación previa al fin de semana. Va llegando la hora central del día y la gente empieza a aparecer de repente, unos recién levantados, otros con el mundo recorrido desde hace horas buscando las provisiones para el resto y los demás, se levantaron a una hora moderada pensando que se tenían que preparar para la ocasión, que no querían llegar tarde pero tampoco demasiado temprano, que aún no sabe nada de nadie y no tiene ni idea de dónde quedó con el resto del grupo.

Saludos y más saludos, aunque nos hayamos visto el día anterior, siempre se escucha en el ambiente un “¡Hombree!”, y un ya conocido “¿pero no decías que no venías?”, porque al final se acaba animando la gente, una canción sustituyendo a un “¡Hola!”, o un levantamiento de cabeza tan nuestro si no nos queremos parar mucho con el compañero que vemos a lo lejos. Tras los saludos iniciales, una copita y a empezar con la barbacoa, la paellera o el tambor de la lavadora, a preparar una mesa portátil desplegable, una transportable por carretera a la antigua usanza o una composición de separadores viales (aunque luego traten de quitárnoslos), un intento de toldo protector con evacuación de agua condicionada (según quién se acuerde de vaciarlo antes de que se hunda y nos moje a todos) o una barrera frente al viento formada de vehículos (tan agrícola, tan agrícola y no disponemos de setos cortavientos).


Sacad el pan y la carne, el arroz y el sofrito, las patatas fritas que no falten, un pan preñaito, el vino, la cerveza, la manzanilla, el tinto, el rebujito y los refresquitos para los débiles o los que deben volver a casa. Intentad no olvidar el hielo, que no suele hacer frío (aunque algún año se cebe el viento, la lluvia y la baja temperatura con nosotros) y la cerveza caliente, aunque los extranjeros se empeñen, no debe ser el mayor placer de la vida.

Después, sólo los que conocen únicamente a su grupo son los que se mantienen en el sitio todo el día, el resto, por el contrario, vamos visitando a las diferentes “casas”. Los que conocemos a alguien de “otra morera”, vamos de visita improvisada y acabamos conociendo a gente nueva para disfrutar con ellos el resto del año. Un “¡te invito a una cerveza!” y un “sí, pero ahora te vienes a mi grupo y te invito yo”, un “¿qué profesores han venido?” y un “vamos a invitar al profesor X a algo (a ver si hoy nos lo ganamos)”, una sevillanita, una canción de reggaetón, una marcha discotequera y algún que otro valiente se echa a bailar donde no lo vea mucha gente, que todavía el alcohol en sangre no ha hecho su efecto.

De visita en visita y permaneciendo quietos sólo a la hora de almorzar, vamos pasando el día, entre risas y cantes, entre breves discusiones sobre ciertas asignaturas pendientes, una charla con los profesores que se atreven a entablarla y algunas bromitas con agua si el calor se cierne sobre nuestras cabezas. Y, hablando de cabezas, el tan esperado momento que hace que al final del día, cualquier sevillano que nos vea en el autobús, en el metro o en la ciudad siguiendo la celebración, pueda distinguirnos fácilmente entre la multitud. La hora del reparto de sombreros, seña de identidad allá donde vamos. ¿Qué futuro nos espera si no hemos recibido nunca ninguno de estos sombreros? Uno muy caluroso ¿O qué es de nosotros ese día si no nos cubrimos la cabeza con uno de ellos? Seremos los locos y los que puedan pillar una insolación ¿Quién se atreve a ir a la escuela en coche sin llevar uno de estos en la bandeja del maletero? Los que no asistieron nunca


Con nuestros sombreros en mano y el suficiente alcohol en sangre, algunos se buscan un bonito y cómodo sofá improvisado (los separadores viales tienen muchas utilidades) en medio del salón de tierra, una trae una bonita manta en su coche que nos viene de perlas a todos, otro trata de tirar el sofá y a sus ocupantes creyendo tener una fuerza superior por la confianza ciega que nos ofrece el tinto, a una se le rompen las gafas y otra se fotografía con ellas, uno aún posee globos de agua o, en su defecto, botellas fresquitas que derramar sobre el resto, alguien improvisa una pistola de agua (lo de ingenieros lo llevamos en la sangre y sólo necesitamos recipiente y presión), alguno se arranca con el cante (si no lo hizo ya antes) y otro trata de arrancarse con el baile, alguien se despide y es el momento en que debería de escucharse “algo se muere en el alma cuando un amigo se va”.

Así continúa nuestro día hasta que el sol decide que se acabó la luz natural, entonces viene la luna (más juerguista ella) y trata de salvar nuestra fiesta, pero los aliados del sol, los vigilantes de la UPO vienen a echar una mano e indicarnos que debemos abandonar. La mayoría se cansó hace rato, los que no quieren que el día acabe se mantienen en sus puestos hasta que se hace imposible el mantenerlo y los más fiesteros, deciden continuar aunque sea en otro lugar.

Y así, disfrutando de un día más de nuestras vidas, imposible de olvidar para algunos y difícil de recordar para otros, acabamos la celebración un año más, esperando que el año siguiente haya más y mejor.


Esperemos que el año que viene sea memorable, asistan los que nunca lo han hecho (sí, existen esas personas), vuelvan los que asistieron sólo hace años, vengan los que se lo perdieron el último por estar fuera, repitan los del año anterior y comiencen la tradición los que acaban de entrar. Confiemos en que nos veremos el año que viene (tanto alumnos como profesores, que aunque no nos llevemos bien con todos, alguno ya se ha ofrecido a acompañarnos en la borrachera y otros son bienvenidos cuando nos dirigen la palabra) en SAN ISIDRO. Disfrutad, que mientras contaremos los días que quedan hasta entonces, que hoy son 353.


15 de mayo de 2013

Cómo comentar. Una cosita corta

Hay algunos que se declaran seguidores de este blog, otros que entran de vez en cuando para ver qué hay de nuevo, algunos encuentran cosas interesantes, otros encuentran una máquina del tiempo hacia años muy próximos y otros simplemente quieren leer pero no es lo suyo llevarse tanto tiempo delante de un texto.

Por ello, se espera una mínima participación: bajo cada entrada hay unos "botoncitos" de valoración y siempre que no estés de acuerdo con ninguno de ellos y quieras expresar tu opinión personal, bien recibida será, ¡escribe un comentario!. Si tienes perfil el Google+ o Blogger, es muy fácil:





Aquí no hay expertos que conozcan todos los entresijos de blogger y la fase de investigación es ardua para realizarla a diario o semanalmente, de manera que, si alguien conoce una forma mejor u otra forma de dejar comentarios, que manifieste.

Podéis probar a comentar esta entradita, ayudando al buen funcionamiento y enseñando a los compañeros, que el saber es mejor si se comparte. ¡Expertos, hablad!

12 de mayo de 2013

¡LA AVENTURA!


Como ya se introdujo en la anterior entrada, todo comenzaba con una avería: un autobús se quedó a un lado de la calzada y algunos decidimos quedarnos junto a él, vivir la aventura de permanecer en medio de la nada y volver tras un intenso día con una historia más que contar.

El segundo autobús decidió irse finalmente con el resto de alumnos y dos de los profesores, y los que nos quedamos, aguantamos muy poco tiempo dentro del transporte. Nos quedamos, sin aire acondicionado, en un día de mayo en algún lugar entre un pueblo de Huelva y Sevilla capital. Parece ser que éste es el lugar que más se corresponde con nuestro escenario aventurero (aunque desde esta imagen haya cambiado algo): (nuestra aventura en el mapa)

Todo comenzó, como siempre, con el aburrimiento cerniéndose (según la octava acepción de la RAE) sobre nuestras mentes. Y por todos es sabido que un grupo grande de personas no aguanta mucho tiempo unido y en calma, sea cual sea su edad, por lo que la dispersión del mismo se produjo pronto.




Los que menos ganas tenían de moverse, prefirieron quedarse escuchando las sabias y educativas palabras de nuestro profesor (que no sólo te enseña sobre la asignatura en cuestión, también te enseña algo de la vida en general si pasa por su mente algún pensamiento en ese instante), manteniendo conversaciones grupales con el resto de sedentarios o tratando de encontrar algún objeto que sirviese para apaciguar la temperatura a la que nos enfrentábamos.
Estaba el término medio del grupo, que echó a andar, pero siempre sin perder de vista al resto, en las cercanías inspeccionando el terreno. Éstos son los que podríamos calificar como exploradores de la zona para un futuro asentamiento.
Y por último, el grupo de nómadas, el más reducido y activo ese día, el que más posibilidades tenía de sobrevivir (si nuestra agraciada desgracia se hubiese extendido más en el tiempo) intentando encontrar mejores lugares, más animados acontecimientos o simplemente la lejanía del primer grupo, que eran los guardianes de nuestro transporte y encargados de dar aviso cuando llegase nuestro rescate.

En el primer grupo, entre la partida de los nómadas y su regreso, se mantuvo una actividad constante. Algunos de los miembros del segundo grupo casi se unen al tercero ávidos de nuevas andanzas, aunque ya se sabe, en una gravera siempre podrás encontrar algo de diversión primitiva. Y el tercer grupo, es el que da nombre a esta entrada, el que posee en sus anales más acontecimientos dispares, aunque se desconozca la naturaleza de todos ellos.
Comenzó este último grupo su partida, previo permiso del “jefe de la tribu”, siguiendo el camino más razonable para un humano y más estúpido para una cabra (muchos siguen recordando a cierto profesor decir “imaginad qué haría una cabra”), el camino más largo y mejor pavimentado. Rodeando la zona visible desde la carretera, se encaminaron hacia lo que parecía el lugar en que las damiselas en apuros de los cuentos de nuestra infancia encontraban siempre su más fatídico acontecimiento y comienzo de su verdadera historia: el bosque.


Siguieron caminando en dirección al anhelado bosque imaginando toda clase de aventuras, tratando de discernir en qué se empleaban los habitantes de la zona y en cuyos terrenos se encontraban algunas extrañas edificaciones dignas de una inspección más profunda (o una aclaración breve de algún conocedor del lugar, que la aventura nos gusta pero tampoco nos metemos en todos los líos que vemos). Siguiendo la valla que cercaba el bosque, la atención se centraba ahora en encontrar una entrada al mismo, ya fuese una fabricada por los humanos o una fabricada por representantes de otras especies al destrozar los límites de los primeros. Tras hallar la preciada entrada todos los componentes del grupo, excepto una persona a quien pueden más las leyes que la falta de aventura en su vida, se adentraron en el bosque. Allí intentaron avanzar con destino incierto por las desigualdades del terreno (según nuestros expertos, por la acción de la lluvia y la ya conocida erosión del territorio), volviendo a dividir el grupo en dos partes según el sexo de sus componentes (si no contamos con que algún intruso se confundiese del sexo que lo representa) para centrar su atención en los distintos matices del terreno y volverse a unirse finalmente ante lo que parecía una casa.

Más pudo la imaginación dentro del bosque que los hechos en sí, ya que desde la visión de unos puestos de caza, una casa o lo que quedaba de ella, la erróneamente construida caseta de perro y los restos de esqueleto de algunos animales domésticos (tales como un perro o un caballo, según apreciaron los aventureros), unas peligrosas mentes fantaseadoras pueden crear una verdadera historia sobre un hombre armado que ve su paz alterada y sale en pos de los intrusos, una mujer con magníficos atributos y ansias de entablar, al menos, una conversación con desconocidos, o unos cazadores demasiado perturbados para distinguir a unos humanos de unas liebres. Finalmente, tratando de reunir el valor necesario para enfrentar a sus imaginativos miedos, se acercaron a la casa descubriendo que, como muchos de nuestros miedos en esta vida (y como cierto personaje público acaba todas sus actuaciones), “todo es producto de nuestra imaginación”.

Volvieron así los nómadas con el resto del grupo, donde ya se había comenzado una nueva actividad o juego llamado “el derribo de la lata sobre el palé”. Y es que ya es conocida la diversión y alegría por parte de los que lo practican y el entretenimiento que produce en los que observan la práctica de derribar un objeto con el lanzamiento de piedras, desde una distancia acordada y no determinada, con distintos estilos y pocos resultados. Fue ésta la parte en que nuestro mentor trató de enseñarnos cómo lanzar una piedra “al estilo pastor”, pero que prácticamente nadie consiguió emular.

Sin más, se acaba este relato, que se está extendiendo en demasiadas palabras, con los hechos que a continuación se relatan: el concurso terminó con el derribo del palé y no la lata, el rescate llegó finalmente a nosotros en forma de autobús con un preciado aire acondicionado, una cantidad de asientos sobrantes suficientes, unos cinturones a los que miramos extrañados (en escasas ocasiones hemos viajado en nuestra vida en un autobús con cinturón de seguridad) y acabamos abrochando, un viaje por delante digno de una siestecita reparadora y un día a nuestras espaldas que se presentó como una de las excursiones más libres que hemos realizado a lo largo de nuestra carrera.

Llegamos a nuestra hogareña escuela distinguiéndonos claramente del resto de asistentes, ya que se celebraba en ese momento la entrega de insignias de nuestro centro, a la que las personas acuden con unas galas considerables y no cubiertas de tierra, sudor y alguna quemadura solar “en lo arto”. Y algunas, todavía tenían ganas de subir a un castillo hinchable o  montar sobre algún que otro quad al final del día.

3 de mayo de 2013

Primer informe pre-aventura


Se planteaba el día cómo otra más de las visitas a otra fábrica de transformación de productos, pero no esperábamos que un día tan normal en nuestras ya conocidas vidas se fuese a transformar en toda una aventura para, al menos, la mitad del grupo.
Empezó el día como tantos otros, un autobús, un grupo demasiado grande de alumnos, tres profesores, ganas de echar unas risas y de aguantar unas horitas de charla profesional. Dos autobuses se dirigían desde nuestra escuela a la provincia de Huelva para visitar una ya conocida empresa de zumos. ¡Cómo no!, hicimos una “pará” en el camino, y porque no teníamos una guitarra y un cante, que si no… Un desayuno multitudinario, como esos a los que estamos acostumbrados a ocasionar en los bares de pueblos asustadizos ante la marabunta que podemos llegar a ser.

El día parecía transcurrir con relativa normalidad: tras el desayuno seguimos nuestro camino, ya repuestos y con ganas de hablar, llegamos al esperado campo, bajamos y nos dispusimos a escuchar al encargado describir los pormenores que debíamos conocer. Ahí ya empezó a disminuir la capacidad de atención de muchos, a aumentar la capacidad de absorción de radiación de otros, a incrementarse la impaciencia de algunos y las ganas de “juerga” de la mayoría. Y es que nosotros no somos formales hasta que se hace necesario, nosotros buscamos la diversión en un papel de envoltorio, buscamos no estar tristes ni aburridos, una mínima risa, un chiste malo, un comentario a tiempo, una vista divertida, una complicidad de segundos. Nosotros buscamos disfrutar de lo que hacemos, aunque también sepamos estar donde se nos requiere.
Tras unos terribles minutos de sol, en un grupo que trataba de moverse y lo único que hacía era quedar delante de un autobús intentando captar algo de la información facilitada, nos vimos liberados por minutos para trasladarnos, en nuestro fresquito transporte, a otra zona de la propiedad, en concreto al conjunto de maquinaria y edificios de transformación del producto.

De las cosas que vimos en la fábrica, para qué hablar, para eso ya realizamos informe en cada una de las visitas (en esta no lo hicimos), pero por mencionar algo: una descarga de naranjas, un prensado especial de las mismas para obtener su zumo sin cáscara, un quemado del sobrante (donde la persona de oído más fino se vuelve “teniente general” como mínimo) y… si alguno lo recuerda, también descubrimos dónde se hacía una parte del programa “Humor amarillo”.



Justo después, nos dispusimos a probar el resultado de todo el proceso. Tomamos un zumo a temperatura ambiente (la temperatura que hace en Huelva, en la zona sin playa, a las doce del mediodía de un día corriente de mayo sin sombra), con pulpa (con lo delicaditos que nos ponemos) y sin regalito. Si vamos a una finca, no esperamos mucho, sólo poder tocar a algún pequeño animalillo y admirar las formas de los mayores, pero cuando nos ponen una visita a una fábrica, esperamos poder volver con algo “gratis” en los bolsillos (somos así de exigentes, ¡qué se le va a hacer si estamos un poquito malcriados!). Tras la degustación, nos dirigimos, en grupos más pequeños a la zona de envasado del producto sin transformar, la cual dejó a más de uno atónito ante la ausencia de trabajadores humanos y el posible atropello que podía ocurrir por parte de los “trabajadores” automáticos.
Fue ésta prácticamente nuestra visita oficial, pues entre una zona y otra teníamos paradas en el camino, carretillas humanas ante un cartel indicativo, sentadas colectivas en zona de sombra, ojos fuera de órbita ante la vista de agua limpia en abundancia, piropos a las niñas más guapas por parte de nuestro querido profesor “Formador Profesional Solidario” (nosotros aprendemos lo que es la paciencia y él te enseña incluso cuando parece que ya no toca) e instrucción adicional para los que estaban cerca.



De vuelta, el camino a casa fue lo más importante que sufrimos a lo largo de todo el día: en el primer autobús se escuchó un ruido fuerte, parecía no importar pero tras recorrer poco espacio, se paró a un lado y el alumnado, ávido de información, asomado por la ventana, preguntando al profesor pertinente, aportando opciones de lo ocurrido (somos españoles, sabemos suponer muy bien y dar distintas versiones antes que alguien te dé la correcta) y facilitando información a esos compañeros que prefieren recibirla sin hacer esfuerzo alguno en buscarla.
El primer autobús se quedaba en la calzada, el segundo autobús se debatía entre quedar junto a sus compañeros y reemprender la partida con sus ocupantes (opción por la que finalmente se optó). Algunos menos valientes del primero, decidieron pasar al segundo y no estar a su suerte en medio de la nada, otros más valientes, haciendo acopio de solidaridad y espíritu aventurero, decidimos no abandonar nuestro transporte a su suerte.

Nos vemos en la próxima entrada: ¡La aventura!