Como ya se introdujo en la
anterior entrada, todo comenzaba con una avería: un autobús se quedó a un lado
de la calzada y algunos decidimos quedarnos junto a él, vivir la aventura de permanecer
en medio de la nada y volver tras un intenso día con una historia más que contar.
Todo comenzó, como siempre, con el aburrimiento cerniéndose (según la octava acepción de la RAE) sobre nuestras mentes. Y por todos es sabido que un grupo grande de personas no aguanta mucho tiempo unido y en calma, sea cual sea su edad, por lo que la dispersión del mismo se produjo pronto.
Los que menos ganas tenían
de moverse, prefirieron quedarse escuchando las sabias y educativas palabras de
nuestro profesor (que no sólo te enseña sobre la asignatura en cuestión,
también te enseña algo de la vida en general si pasa por su mente algún
pensamiento en ese instante), manteniendo conversaciones grupales con el resto
de sedentarios o tratando de encontrar algún objeto que sirviese para apaciguar
la temperatura a la que nos enfrentábamos.
Estaba el término medio del
grupo, que echó a andar, pero siempre sin perder de vista al resto, en las
cercanías inspeccionando el terreno. Éstos son los que podríamos calificar como
exploradores de la zona para un futuro asentamiento.
Y por último, el grupo de
nómadas, el más reducido y activo ese día, el que más posibilidades tenía de
sobrevivir (si nuestra agraciada desgracia se hubiese extendido más en el
tiempo) intentando encontrar mejores lugares, más animados acontecimientos o
simplemente la lejanía del primer grupo, que eran los guardianes de nuestro
transporte y encargados de dar aviso cuando llegase nuestro rescate.
En el primer grupo, entre la
partida de los nómadas y su regreso, se mantuvo una actividad constante. Algunos
de los miembros del segundo grupo casi se unen al tercero ávidos de nuevas
andanzas, aunque ya se sabe, en una gravera siempre podrás encontrar algo de
diversión primitiva. Y el tercer grupo, es el que da nombre a esta entrada, el
que posee en sus anales más acontecimientos dispares, aunque se desconozca la
naturaleza de todos ellos.
Comenzó este último grupo su
partida, previo permiso del “jefe de la tribu”, siguiendo el camino más
razonable para un humano y más estúpido para una cabra (muchos siguen
recordando a cierto profesor decir “imaginad qué haría una cabra”), el camino
más largo y mejor pavimentado. Rodeando la zona visible desde la carretera, se
encaminaron hacia lo que parecía el lugar en que las damiselas en apuros de los
cuentos de nuestra infancia encontraban siempre su más fatídico acontecimiento
y comienzo de su verdadera historia: el bosque.
Siguieron caminando en
dirección al anhelado bosque imaginando toda clase de aventuras, tratando de
discernir en qué se empleaban los habitantes de la zona y en cuyos terrenos se
encontraban algunas extrañas edificaciones dignas de una inspección más profunda
(o una aclaración breve de algún conocedor del lugar, que la aventura nos gusta
pero tampoco nos metemos en todos los líos que vemos). Siguiendo la valla que
cercaba el bosque, la atención se centraba ahora en encontrar una entrada al
mismo, ya fuese una fabricada por los humanos o una fabricada por
representantes de otras especies al destrozar los límites de los primeros. Tras
hallar la preciada entrada todos los componentes del grupo, excepto una persona
a quien pueden más las leyes que la falta de aventura en su vida, se adentraron
en el bosque. Allí intentaron avanzar con destino incierto por las
desigualdades del terreno (según nuestros expertos, por la acción de la lluvia
y la ya conocida erosión del territorio), volviendo a dividir el grupo en dos
partes según el sexo de sus componentes (si no contamos con que algún intruso
se confundiese del sexo que lo representa) para centrar su atención en los
distintos matices del terreno y volverse a unirse finalmente ante lo que
parecía una casa.
Más pudo la imaginación
dentro del bosque que los hechos en sí, ya que desde la visión de unos puestos
de caza, una casa o lo que quedaba de ella, la erróneamente construida caseta
de perro y los restos de esqueleto de algunos animales domésticos (tales como
un perro o un caballo, según apreciaron los aventureros), unas peligrosas
mentes fantaseadoras pueden crear una verdadera historia sobre un hombre armado
que ve su paz alterada y sale en pos de los intrusos, una mujer con magníficos
atributos y ansias de entablar, al menos, una conversación con desconocidos, o unos
cazadores demasiado perturbados para distinguir a unos humanos de unas liebres.
Finalmente, tratando de reunir el valor necesario para enfrentar a sus
imaginativos miedos, se acercaron a la casa descubriendo que, como muchos de
nuestros miedos en esta vida (y como cierto personaje público acaba todas sus
actuaciones), “todo es producto de nuestra imaginación”.
Volvieron así los nómadas con
el resto del grupo, donde ya se había comenzado una nueva actividad o juego
llamado “el derribo de la lata sobre el palé”. Y es que ya es conocida la
diversión y alegría por parte de los que lo practican y el entretenimiento que
produce en los que observan la práctica de derribar un objeto con el
lanzamiento de piedras, desde una distancia acordada y no determinada, con
distintos estilos y pocos resultados. Fue ésta la parte en que nuestro mentor
trató de enseñarnos cómo lanzar una piedra “al estilo pastor”, pero que
prácticamente nadie consiguió emular.
Sin más, se acaba este
relato, que se está extendiendo en demasiadas palabras, con los hechos que a
continuación se relatan: el concurso terminó con el derribo del palé y no la
lata, el rescate llegó finalmente a nosotros en forma de autobús con un
preciado aire acondicionado, una cantidad de asientos sobrantes suficientes,
unos cinturones a los que miramos extrañados (en escasas ocasiones hemos
viajado en nuestra vida en un autobús con cinturón de seguridad) y acabamos
abrochando, un viaje por delante digno de una siestecita reparadora y un día a nuestras
espaldas que se presentó como una de las excursiones más libres que hemos
realizado a lo largo de nuestra carrera.
Llegamos a nuestra hogareña
escuela distinguiéndonos claramente del resto de asistentes, ya que se
celebraba en ese momento la entrega de insignias de nuestro centro, a la que
las personas acuden con unas galas considerables y no cubiertas de tierra,
sudor y alguna quemadura solar “en lo arto”. Y algunas, todavía tenían ganas de
subir a un castillo hinchable o montar sobre
algún que otro quad al final del día.

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