12 de mayo de 2013

¡LA AVENTURA!


Como ya se introdujo en la anterior entrada, todo comenzaba con una avería: un autobús se quedó a un lado de la calzada y algunos decidimos quedarnos junto a él, vivir la aventura de permanecer en medio de la nada y volver tras un intenso día con una historia más que contar.

El segundo autobús decidió irse finalmente con el resto de alumnos y dos de los profesores, y los que nos quedamos, aguantamos muy poco tiempo dentro del transporte. Nos quedamos, sin aire acondicionado, en un día de mayo en algún lugar entre un pueblo de Huelva y Sevilla capital. Parece ser que éste es el lugar que más se corresponde con nuestro escenario aventurero (aunque desde esta imagen haya cambiado algo): (nuestra aventura en el mapa)

Todo comenzó, como siempre, con el aburrimiento cerniéndose (según la octava acepción de la RAE) sobre nuestras mentes. Y por todos es sabido que un grupo grande de personas no aguanta mucho tiempo unido y en calma, sea cual sea su edad, por lo que la dispersión del mismo se produjo pronto.




Los que menos ganas tenían de moverse, prefirieron quedarse escuchando las sabias y educativas palabras de nuestro profesor (que no sólo te enseña sobre la asignatura en cuestión, también te enseña algo de la vida en general si pasa por su mente algún pensamiento en ese instante), manteniendo conversaciones grupales con el resto de sedentarios o tratando de encontrar algún objeto que sirviese para apaciguar la temperatura a la que nos enfrentábamos.
Estaba el término medio del grupo, que echó a andar, pero siempre sin perder de vista al resto, en las cercanías inspeccionando el terreno. Éstos son los que podríamos calificar como exploradores de la zona para un futuro asentamiento.
Y por último, el grupo de nómadas, el más reducido y activo ese día, el que más posibilidades tenía de sobrevivir (si nuestra agraciada desgracia se hubiese extendido más en el tiempo) intentando encontrar mejores lugares, más animados acontecimientos o simplemente la lejanía del primer grupo, que eran los guardianes de nuestro transporte y encargados de dar aviso cuando llegase nuestro rescate.

En el primer grupo, entre la partida de los nómadas y su regreso, se mantuvo una actividad constante. Algunos de los miembros del segundo grupo casi se unen al tercero ávidos de nuevas andanzas, aunque ya se sabe, en una gravera siempre podrás encontrar algo de diversión primitiva. Y el tercer grupo, es el que da nombre a esta entrada, el que posee en sus anales más acontecimientos dispares, aunque se desconozca la naturaleza de todos ellos.
Comenzó este último grupo su partida, previo permiso del “jefe de la tribu”, siguiendo el camino más razonable para un humano y más estúpido para una cabra (muchos siguen recordando a cierto profesor decir “imaginad qué haría una cabra”), el camino más largo y mejor pavimentado. Rodeando la zona visible desde la carretera, se encaminaron hacia lo que parecía el lugar en que las damiselas en apuros de los cuentos de nuestra infancia encontraban siempre su más fatídico acontecimiento y comienzo de su verdadera historia: el bosque.


Siguieron caminando en dirección al anhelado bosque imaginando toda clase de aventuras, tratando de discernir en qué se empleaban los habitantes de la zona y en cuyos terrenos se encontraban algunas extrañas edificaciones dignas de una inspección más profunda (o una aclaración breve de algún conocedor del lugar, que la aventura nos gusta pero tampoco nos metemos en todos los líos que vemos). Siguiendo la valla que cercaba el bosque, la atención se centraba ahora en encontrar una entrada al mismo, ya fuese una fabricada por los humanos o una fabricada por representantes de otras especies al destrozar los límites de los primeros. Tras hallar la preciada entrada todos los componentes del grupo, excepto una persona a quien pueden más las leyes que la falta de aventura en su vida, se adentraron en el bosque. Allí intentaron avanzar con destino incierto por las desigualdades del terreno (según nuestros expertos, por la acción de la lluvia y la ya conocida erosión del territorio), volviendo a dividir el grupo en dos partes según el sexo de sus componentes (si no contamos con que algún intruso se confundiese del sexo que lo representa) para centrar su atención en los distintos matices del terreno y volverse a unirse finalmente ante lo que parecía una casa.

Más pudo la imaginación dentro del bosque que los hechos en sí, ya que desde la visión de unos puestos de caza, una casa o lo que quedaba de ella, la erróneamente construida caseta de perro y los restos de esqueleto de algunos animales domésticos (tales como un perro o un caballo, según apreciaron los aventureros), unas peligrosas mentes fantaseadoras pueden crear una verdadera historia sobre un hombre armado que ve su paz alterada y sale en pos de los intrusos, una mujer con magníficos atributos y ansias de entablar, al menos, una conversación con desconocidos, o unos cazadores demasiado perturbados para distinguir a unos humanos de unas liebres. Finalmente, tratando de reunir el valor necesario para enfrentar a sus imaginativos miedos, se acercaron a la casa descubriendo que, como muchos de nuestros miedos en esta vida (y como cierto personaje público acaba todas sus actuaciones), “todo es producto de nuestra imaginación”.

Volvieron así los nómadas con el resto del grupo, donde ya se había comenzado una nueva actividad o juego llamado “el derribo de la lata sobre el palé”. Y es que ya es conocida la diversión y alegría por parte de los que lo practican y el entretenimiento que produce en los que observan la práctica de derribar un objeto con el lanzamiento de piedras, desde una distancia acordada y no determinada, con distintos estilos y pocos resultados. Fue ésta la parte en que nuestro mentor trató de enseñarnos cómo lanzar una piedra “al estilo pastor”, pero que prácticamente nadie consiguió emular.

Sin más, se acaba este relato, que se está extendiendo en demasiadas palabras, con los hechos que a continuación se relatan: el concurso terminó con el derribo del palé y no la lata, el rescate llegó finalmente a nosotros en forma de autobús con un preciado aire acondicionado, una cantidad de asientos sobrantes suficientes, unos cinturones a los que miramos extrañados (en escasas ocasiones hemos viajado en nuestra vida en un autobús con cinturón de seguridad) y acabamos abrochando, un viaje por delante digno de una siestecita reparadora y un día a nuestras espaldas que se presentó como una de las excursiones más libres que hemos realizado a lo largo de nuestra carrera.

Llegamos a nuestra hogareña escuela distinguiéndonos claramente del resto de asistentes, ya que se celebraba en ese momento la entrega de insignias de nuestro centro, a la que las personas acuden con unas galas considerables y no cubiertas de tierra, sudor y alguna quemadura solar “en lo arto”. Y algunas, todavía tenían ganas de subir a un castillo hinchable o  montar sobre algún que otro quad al final del día.

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