3 de mayo de 2013

Primer informe pre-aventura


Se planteaba el día cómo otra más de las visitas a otra fábrica de transformación de productos, pero no esperábamos que un día tan normal en nuestras ya conocidas vidas se fuese a transformar en toda una aventura para, al menos, la mitad del grupo.
Empezó el día como tantos otros, un autobús, un grupo demasiado grande de alumnos, tres profesores, ganas de echar unas risas y de aguantar unas horitas de charla profesional. Dos autobuses se dirigían desde nuestra escuela a la provincia de Huelva para visitar una ya conocida empresa de zumos. ¡Cómo no!, hicimos una “pará” en el camino, y porque no teníamos una guitarra y un cante, que si no… Un desayuno multitudinario, como esos a los que estamos acostumbrados a ocasionar en los bares de pueblos asustadizos ante la marabunta que podemos llegar a ser.

El día parecía transcurrir con relativa normalidad: tras el desayuno seguimos nuestro camino, ya repuestos y con ganas de hablar, llegamos al esperado campo, bajamos y nos dispusimos a escuchar al encargado describir los pormenores que debíamos conocer. Ahí ya empezó a disminuir la capacidad de atención de muchos, a aumentar la capacidad de absorción de radiación de otros, a incrementarse la impaciencia de algunos y las ganas de “juerga” de la mayoría. Y es que nosotros no somos formales hasta que se hace necesario, nosotros buscamos la diversión en un papel de envoltorio, buscamos no estar tristes ni aburridos, una mínima risa, un chiste malo, un comentario a tiempo, una vista divertida, una complicidad de segundos. Nosotros buscamos disfrutar de lo que hacemos, aunque también sepamos estar donde se nos requiere.
Tras unos terribles minutos de sol, en un grupo que trataba de moverse y lo único que hacía era quedar delante de un autobús intentando captar algo de la información facilitada, nos vimos liberados por minutos para trasladarnos, en nuestro fresquito transporte, a otra zona de la propiedad, en concreto al conjunto de maquinaria y edificios de transformación del producto.

De las cosas que vimos en la fábrica, para qué hablar, para eso ya realizamos informe en cada una de las visitas (en esta no lo hicimos), pero por mencionar algo: una descarga de naranjas, un prensado especial de las mismas para obtener su zumo sin cáscara, un quemado del sobrante (donde la persona de oído más fino se vuelve “teniente general” como mínimo) y… si alguno lo recuerda, también descubrimos dónde se hacía una parte del programa “Humor amarillo”.



Justo después, nos dispusimos a probar el resultado de todo el proceso. Tomamos un zumo a temperatura ambiente (la temperatura que hace en Huelva, en la zona sin playa, a las doce del mediodía de un día corriente de mayo sin sombra), con pulpa (con lo delicaditos que nos ponemos) y sin regalito. Si vamos a una finca, no esperamos mucho, sólo poder tocar a algún pequeño animalillo y admirar las formas de los mayores, pero cuando nos ponen una visita a una fábrica, esperamos poder volver con algo “gratis” en los bolsillos (somos así de exigentes, ¡qué se le va a hacer si estamos un poquito malcriados!). Tras la degustación, nos dirigimos, en grupos más pequeños a la zona de envasado del producto sin transformar, la cual dejó a más de uno atónito ante la ausencia de trabajadores humanos y el posible atropello que podía ocurrir por parte de los “trabajadores” automáticos.
Fue ésta prácticamente nuestra visita oficial, pues entre una zona y otra teníamos paradas en el camino, carretillas humanas ante un cartel indicativo, sentadas colectivas en zona de sombra, ojos fuera de órbita ante la vista de agua limpia en abundancia, piropos a las niñas más guapas por parte de nuestro querido profesor “Formador Profesional Solidario” (nosotros aprendemos lo que es la paciencia y él te enseña incluso cuando parece que ya no toca) e instrucción adicional para los que estaban cerca.



De vuelta, el camino a casa fue lo más importante que sufrimos a lo largo de todo el día: en el primer autobús se escuchó un ruido fuerte, parecía no importar pero tras recorrer poco espacio, se paró a un lado y el alumnado, ávido de información, asomado por la ventana, preguntando al profesor pertinente, aportando opciones de lo ocurrido (somos españoles, sabemos suponer muy bien y dar distintas versiones antes que alguien te dé la correcta) y facilitando información a esos compañeros que prefieren recibirla sin hacer esfuerzo alguno en buscarla.
El primer autobús se quedaba en la calzada, el segundo autobús se debatía entre quedar junto a sus compañeros y reemprender la partida con sus ocupantes (opción por la que finalmente se optó). Algunos menos valientes del primero, decidieron pasar al segundo y no estar a su suerte en medio de la nada, otros más valientes, haciendo acopio de solidaridad y espíritu aventurero, decidimos no abandonar nuestro transporte a su suerte.

Nos vemos en la próxima entrada: ¡La aventura!



No hay comentarios:

Publicar un comentario