Se planteaba el día cómo
otra más de las visitas a otra fábrica de transformación de productos, pero no
esperábamos que un día tan normal en nuestras ya conocidas vidas se fuese a
transformar en toda una aventura para, al menos, la mitad del grupo.
Empezó el día como tantos
otros, un autobús, un grupo demasiado grande de alumnos, tres profesores, ganas
de echar unas risas y de aguantar unas horitas de charla profesional. Dos
autobuses se dirigían desde nuestra escuela a la provincia de Huelva para
visitar una ya conocida empresa de zumos. ¡Cómo no!, hicimos una “pará” en el
camino, y porque no teníamos una guitarra y un cante, que si no… Un desayuno
multitudinario, como esos a los que estamos acostumbrados a ocasionar en los
bares de pueblos asustadizos ante la marabunta que podemos llegar a ser.
El día parecía transcurrir
con relativa normalidad: tras el desayuno seguimos nuestro camino, ya repuestos
y con ganas de hablar, llegamos al esperado campo, bajamos y nos dispusimos a
escuchar al encargado describir los pormenores que debíamos conocer. Ahí ya
empezó a disminuir la capacidad de atención de muchos, a aumentar la capacidad
de absorción de radiación de otros, a incrementarse la impaciencia de algunos y
las ganas de “juerga” de la mayoría. Y es que nosotros no somos formales hasta
que se hace necesario, nosotros buscamos la diversión en un papel de
envoltorio, buscamos no estar tristes ni aburridos, una mínima risa, un chiste
malo, un comentario a tiempo, una vista divertida, una complicidad de segundos.
Nosotros buscamos disfrutar de lo que hacemos, aunque también sepamos estar
donde se nos requiere.
Tras unos terribles minutos
de sol, en un grupo que trataba de moverse y lo único que hacía era quedar
delante de un autobús intentando captar algo de la información facilitada, nos
vimos liberados por minutos para trasladarnos, en nuestro fresquito transporte,
a otra zona de la propiedad, en concreto al conjunto de maquinaria y edificios
de transformación del producto.
De las cosas que vimos en la
fábrica, para qué hablar, para eso ya realizamos informe en cada una de las
visitas (en esta no lo hicimos), pero por mencionar algo: una descarga de
naranjas, un prensado especial de las mismas para obtener su zumo sin cáscara,
un quemado del sobrante (donde la persona de oído más fino se vuelve “teniente
general” como mínimo) y… si alguno lo recuerda, también descubrimos dónde se
hacía una parte del programa “Humor amarillo”.
Justo después, nos
dispusimos a probar el resultado de todo el proceso. Tomamos un zumo a
temperatura ambiente (la temperatura que hace en Huelva, en la zona sin playa,
a las doce del mediodía de un día corriente de mayo sin sombra), con pulpa (con
lo delicaditos que nos ponemos) y sin regalito. Si vamos a una finca, no
esperamos mucho, sólo poder tocar a algún pequeño animalillo y admirar las
formas de los mayores, pero cuando nos ponen una visita a una fábrica,
esperamos poder volver con algo “gratis” en los bolsillos (somos así de
exigentes, ¡qué se le va a hacer si estamos un poquito malcriados!). Tras la
degustación, nos dirigimos, en grupos más pequeños a la zona de envasado del
producto sin transformar, la cual dejó a más de uno atónito ante la ausencia de
trabajadores humanos y el posible atropello que podía ocurrir por parte de los
“trabajadores” automáticos.
Fue ésta prácticamente
nuestra visita oficial, pues entre una zona y otra teníamos paradas en el
camino, carretillas humanas ante un cartel indicativo, sentadas colectivas en
zona de sombra, ojos fuera de órbita ante la vista de agua limpia en
abundancia, piropos a las niñas más guapas por parte de nuestro querido
profesor “Formador Profesional Solidario” (nosotros aprendemos lo que es la
paciencia y él te enseña incluso cuando parece que ya no toca) e instrucción
adicional para los que estaban cerca.
De vuelta, el camino a casa
fue lo más importante que sufrimos a lo largo de todo el día: en el primer
autobús se escuchó un ruido fuerte, parecía no importar pero tras recorrer poco
espacio, se paró a un lado y el alumnado, ávido de información, asomado por la
ventana, preguntando al profesor pertinente, aportando opciones de lo ocurrido
(somos españoles, sabemos suponer muy bien y dar distintas versiones antes que
alguien te dé la correcta) y facilitando información a esos compañeros que
prefieren recibirla sin hacer esfuerzo alguno en buscarla.
El primer autobús se quedaba
en la calzada, el segundo autobús se debatía entre quedar junto a sus
compañeros y reemprender la partida con sus ocupantes (opción por la que
finalmente se optó). Algunos menos valientes del primero, decidieron pasar al
segundo y no estar a su suerte en medio de la nada, otros más valientes,
haciendo acopio de solidaridad y espíritu aventurero, decidimos no abandonar
nuestro transporte a su suerte.
Nos vemos en la próxima
entrada: ¡La aventura!


No hay comentarios:
Publicar un comentario